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lunes, 25 de noviembre de 2013

Galletas de avena veganas


Este fin de semana ha sido cocinero y vegano a más no poder. Empecé el viernes a las 16.00 de la tarde asistiendo a un taller de cocina que daban los chicos de Dimensión Vegana, el magnifico Javier y el entrañable Lara. Hace 3 meses que soy vegana y justo hace 3 meses que Susan me habló de ellos. Hace una semana entré por primera vez en su blog a la búsqueda de la receta del queso vegano. Dice Carlos, otro amigo mio vegano, que ahí caen todos los veganos cocinen o no. Con el queso. Tienes que aprender a hacerte tus quesos. Y como yo si cocino, era cuestión de tiempo que diera con ellos dos. 

Las plazas del curso estaban agotadas desde que salió pero una baja de ultima hora y mi email suplicando poder asistir me brindaron la oportunidad justo 24 horas antes de que el taller empezara. Viernes y sábado he estado empapándome de técnicas  y términos culinarios y nutricionales. La nutrición es muy importante para un vegano. Tenemos que aprender a comer, a cocinar y casi a vivir de cero.

Nada más llegar nos recibieron con sonrisas, te y unas maravillosas galletas de avena. Como tenía casi todos los ingredientes, hoy domingo, después de cocinar filetes rusos veganos por primera vez en mi vida (ellos las llaman Milanesas veganas) me dieron antojo las galletas de Javier y Luc y yo decidimos pasar la tarde dominical a lo convento de las Bernanrdas, haciendo dulces.

Os adjunto el enlace de donde he sacado la receta de Javier y Erick: Galletas de avena, pasas y nueces de Dimensión Vegana. Además podéis ver un video de como se hace la receta.

He dividido la receta por la mitad (24 galletas de esas de avena dan para un regimiento) y he sustituido algunos ingredientes. El rojo mi sustitución de la receta de ellos. 

Galletas veganas de avena, nueces y chocolate
Receta originaria de Dimensión Vegana 
(Para 24 unidades, yo hice 12)

1/4 vaso de gel de lino o linaza (No tenía linaza. Yo usé medio plátano machacado)
1 taza de margarina o aceite neutro (maíz, girasol, soja) (
1/4 taza aceite de oliva)
1 y 1/4 taza de azúcar moreno o integral (
3/4 taza panela)
1/4 taza de azúcar blanco (
no puse)
1 cdta de esencia de vainilla (
no puse)
1 y 1/4 taza de harina blanca o integral (
3/4 taza de harina blanca)
3/4 cdta de polvo de hornear o levadura química  (no puse)
3/4 cdta de bicarbonato de sodio  (no puse)
1/2 cdta de sal
1/2 cdta de canela molida
1/2 cdta de nuez moscada
1 taza de pasas de uva sin semillas (
1/2 taza de chocolate negro vegano)
1/2 taza de nueces (
1/2 taza de nueces)
3 tazas de avena en copos (1 taza y 1/2 de copos de diferentes cereales)
(1/4 taza de gluten)








En el taller del viernes Javier nos comentó modos y maneras de sustituir el huevo según el tipo de receta y la finalidad que busquemos. Aquí el huevo básicamente es para unir o ligar. Un plátano maduro es una idea buenisima y aquí cumple dos funciones pues no tenía esencia de vainilla que es el aroma que hay que darle a las galletas. Las mías tienen aroma de plátano. 

Machacamos (Luc y yo) el plátano con un tenedor hasta hacer una masa viscosa. Le añadimos la grasa, en mi caso aceite de oliva de Jaén pues no uso otro, y la panela. Al no tener azúcar blanca las galletas quedan más oscuras de color pero igualmente sabrosas. Batimos hasta que quedó una pasta. 

En otro bol mezclamos los ingredientes secos. No tenía ni levadura ni bicarbonato y decidí poner 1/4 de taza de gluten que aporta elasticidad y cohesión y así también le doy un poco más de proteína a las galletas. A Luc no le gustan las pasas así que puse chocolate Valor del 70% que es vegano. Al final, en ese mismo bol, se añaden las nueces, chocolate y los copos y se mezcla todo muy bien.

Juntamos los dos boles en uno. Aquí tuvimos que mezclar bien con las manos cuidando que no quedaran partes secas sin la "grasa" formada por el plátano+azúcar+aceite. Para dar forma a las galletas es muy importante (como dice Javier en su vídeo) mojarse las manos antes de hacer cada galleta.

Hornear unos 15-20 minutos a horno precalentado a 180º 

Yo probé las de Javier el viernes y eran espectaculares. Con todos los cambios que hice y al no haber hecho galletas ni pastas desde que tenía 19 años estaba un poco nerviosa. Se lo hice saber a Luc y él me replicó: "No te preocupes mamá, te van a salir bien" "Ah si? y ¿como sabes tu eso?" "Pues mamá, porque tú sabes cocinar muy bien y has ido al curso ese". Aplastante mi Luc.

No os puedo decir nada más que el intentar conseguir aquello que nuestro corazón anhela es de puros valientes. Luc y yo somos un buen par.

Salud para disfrutar y dar vuestro amor. No os lo quedéis dentro.  

miércoles, 5 de junio de 2013

La primera vez


La primera persona vegetariana lo suficientemente cercana a mí como para que recuerde su nombre fue mi ex cuñada Sheila. La conocí hace más de diez años y en aquel entonces España era radicalmente tercermundista en el asunto vegetariano. No se sabía que había distinciones entre unos y otros y, en general, se pensaba que era una opción de salud y que si apartabas el trozo de pollo de la paella, el arroz te lo podías comer y que además el calamar no es carne ¿no? ¿Pero tú no eras vegetariana? ¿Por qué no te puedes comer el calamar que no es de carne? 

Sheila era vegana. No comía ni huevos, ni leche, ni sus derivados, yogures, mantequilla, nata, helados etc. En España con una dieta así a finales de los materialistas 90 estabas bien jodido para comer algo fuera de casa que no fueran espárragos plancha, champiñones al ajillo o pimientos asados. En un restaurante le llegaron a servir una paella de verduras hecha con fumet de pescado y la cara de ella, que venía de San Francisco, USA, fue todo un poema.  No hablaba ni una patata de español así que me tocó hacer de intermediaria y mentirle diciendo que las berenjenas rebozadas que acababan de llegar a la mesa en una tasca inmunda de La Latina en Madrid se había frito, "of course", en una freidora diferente que los boquerones que se zampaba mi hermano de dos en dos.

Deduje que las veganas estaban un poco chaladas aunque ella me caía muy bien. Era vegetariana desde niña pues su madre era vegetariana. Su padre, en palabras de mi hermana Cristina que lo conoció en San Francisco, era un calco de Homer Simpson. Huelga decir que estaban divorciados (¿Homer versus vegana?). En aquel entonces me intrigaba algo los motivos pero no tanto como para darle más carrete a Sheila del ya necesario.

En mi vida me he encontrado con clientes y compañeros vegetarianos en el transcurso de mi trabajo. Me he dedicado a solucionarles el problema e incluso a adelantarme a sus necesidades. Si sabía que había musulmanes en un grupo pues iba a cocina a ver cuál era la opción u opciones que había. Ensalada de lechuga y tomate de primero y parrillada de verduras de segundo. Un planazo, vamos. Oye que los musulmanes no comen cerdo pero pollo si, y los alérgicos al marisco pueden tomar pescado. No hay que darles también la parrillada y al celiaco ¿porque le das la ensalada si el primero que está tomando el grupo no tiene gluten?  Es igual. Los “raros” caen en el mismo saco. Que no toquen los cojones o que se queden en su casa. Esa es la frase que en un 90% de las veces me he tragado en eventos propios y ajenos. Celiacos y diabéticos si, vegetarianos tocacojones no. Un vegetariano lo es por pose. Porque podría no serlo. Es opcional, ¿no?

Casi el 90% de los vegetarianos que me he encontrado trabajando son bastante flexibles. Saben que van a comer fatal y están resignados. Si en vez de preguntarle “¿Es usted EL vegetariano?” como si fuera un apestado le sonríes al hacerlo, a veces, la que se sienta a su lado me ha hecho la gran pregunta americana (me suele pasar bastante con yankies) “Which is the vegetarian option?” Y, claro, aquí en España, en catering (no hablo de restaurantes donde si hay opciones), no hay “option”. O lo has pedido antes o no hay tu tía para ti. “¿Lo eres o no?” porque si no lo eres te vas a comer solomillaco de ternera quieras o no y después de llevar 10 días de congreso lo que quieres es ir a la cama máximo con una sopa en el cuerpo. Pues no. No option.

Yo a mis compañeros los tengo bastante fichados a nivel gastronómico. A los que no comen nada. A los que si no comen antes de la una no rinden. A los que les sienta mal el pan y, por supuesto, a los vegetarianos. Me acuerdo de un evento a otro, así que, cuando sé quien está trabajando esa noche, voy a cocina a informar. “Oye que si os sobran opciones vegetarianas del cliente, que en el staff, por favor, hay dos vegetarianos y 8 frutas de postre, por favor :)” Solo quieren el coulant de chocolate alguna que esté en un momento álgido del mes o si hace mucho frio o se tiene más hambre un que caracol en un espejo. Si no es en esos tres supuestos, todos queremos fruta de postre.

Tengo, pues, una predisposición hacia el débil, el diferente, el especial, al que la gente tiene tirria por eso mismo “Es que VA de especial”. Con no digo con amor (no lancemos las campanas al vuelo), sino con cariñete, es tan fácil cambiar la cena de gala de alguien por algo especial que a mí no me cuesta nada hacerlo, y como nadie lo suele hacer, casi todos se acuerdan de mi de un evento a otro. Ah, no, me dicen que es por el por culo que doy habitualmente. Puede ser.

Al tener a mi hijo hace ya 6 años me volví una chalada de los productos naturales y declaré la guerra a las carnes envasadas y a los huevos de gallina puteada. Salían carísimos comparados con los productos “habituales” en las líneas del supermercado. Pero por mi hijo mato y pago. Al llegar a Gavá tuvimos la suerte de descubrir que estábamos rodeados de payeses y huertos por doquier. Producto “kilometro cero” pasó a ser mi obsesión. El agua de Fuji bebida aquí y no en Fuji, mi enemigo acérrimo.

Mi amiga Angels fue la que me despertó la conciencia. La conciencia de qué comemos y porqué lo comemos. Se puede elegir y tienes derecho a hacerlo. La conocí como carnívora hace años y hace dos la re descubrí como vegetariana. Me puse a investigar. Curiosidad mortal. Paciente como pocas cosas, mi Angels, se tiró muchos congresos contándome batallitas personales de porque si y porque no, de que si que le gusta el jamón pero que no se lo come y de que por qué no se lo come aunque le guste (momentazo muslo, ¿te acuerdas Angels?). Sonriendo con tranquilidad zen, y contestando a todo. Yo dándole la murga e intentando comprender. Luego descubrí a Luisa, otra compañera de trabajo también muy centrada y feliz y vegetariana. Niñas con carácter. Niñas con brío. Nada de lánguidas a las que le falta sangre (es lo que decíamos de Sheila, eso y que le debíamos pasar un bocata de chorizo, angelico…). Pedazo de tías. Y sonriendo y sin desfallecer. ¿Cómo aguantan sin comer carne? Debe ser el yoga, pensé.

Hace un año estuve retirada tres días de circulación en un sitio en el que desconecté por completo del exterior y entre otras cosas desayuné, comí y cené vegano. Eso quiere decir que no había leche para un café con leche aunque el cachondo de Tomás cada poco decía “¿Hace un cortadito?”, ni había mantequilla para las tostadas y el arroz no se hacía con fumet de pescado, ni había quesos, ni siquiera tortilla de patatas. Salí pletórica. Espiritualmente me vino de cine el sitio y el taller que impartió Carol, pero corporalmente me sentí bastante mejor.

Poco a poco ha ido calando y de repente un día me encontré hablándolo con una amiga que no era vegetariana y decía “Estaría genial, ¿verdad?” Y ¿Por qué no? El porque si lo tenía clarísimo. El porque no también. Era miedo al qué dirán. Mi familia, mi circulo más cercano (el lejano me importa un pito, claro está), mi circulo profesional, porque claro, tengo un catering, vendo solomillos y ¿no los como?.

Me di una bofetada en mi alma guerrera y luchadora cuando asumí que lo único que me separaba de intentarlo era el miedo. Miedo al qué dirán y al fracaso de intentarlo y no lograrlo. Estúdialo Ana, me dijo alguien. Hazte un análisis de antes y después por si te falta una vitamina a las pocas semanas. Jesús, ni que fuera a irme de expedición a Marte en cohete.  Basta ya, pensé.


Un domingo me pasaron los mejillones por delante, mejillones que por otro lado me encantaban y no cogí ninguno. Como en las comidas familiares priva mucho “el tonto el que no lo lea”, los mejillones volaron y nadie se percató que yo no tomara. La fideuá me la comí con caldo de pescado, obvio, pero no me comí muchos animales, ni rape, ni escamarlanes. Esa noche cené ensalada. Aquella fideuá a trozos fue la última comida no vegetariana que hice. Hace ya dos meses y medio.

Salud y vida. seguiré informando de la nueva actividad. 

viernes, 8 de marzo de 2013

Esas barbacoas patrias


Las primeras que recuerdo las hacían mis padres en la terraza de Caleruega en un tercero en pleno barrio de Chamartín en Madrid. La barbacoa era roja bombera, comprada en Continente (antiguo Carrefour). El día que la vimos entrar a duras penas en el carrito de la compra se nos salían los ojos de las órbitas. ¡Íbamos a tener una barbacoa en casa! Ya podíamos imaginar que teníamos perro, jardín, que los vecinos nos visitaban con tarta de manzana casera y que veríamos despegar el Apolo 13 desde nuestro tercer piso del bloque amarillo Carolino más allá de la M-30. 

Mis padres nunca hicieron hamburguesas. Ni en la barbacoa ni en sartén. Mi madre hacía filetes rusos con una mezcla de especias inigualable por mi 20 años después, y eso que me ha intentado explicar la receta mil veces. Debe ser que yo no compro la carne en el Hipercor que es taaaaan buena. Mis padres hacían barbacoas de sardinas (se quedaban pegadas en la rejilla, y se despanzurraban, la verdad. Mi padre decía que es que eran muy frescas) con el consiguiente pestucio por todo el piso sin el romanticismo de los espetos Malagueños. También hacían solomillitos (como decía mi padre) muy bien salpimentados. Mucha ensalada y gazpacho con manzana acompañaba a los siete comensales para que la carne cundiera. Y pan. Pan para mojar. Mi madre hace unas ensaladas que no se las salta un gitano, pero es que, si el gitano hubiera venido, tampoco habría cabido en la terraza del 3ºD. Para beber, pese a quien pese, mi padre nos dejaba a los dos mayores un dedo de sangría con trozacos de hielo. Mucha azúcar, mucho limón, vino de cajeta que para la sangría es el mejor, y remueve, remueve, remueve con la cuchara de palo. "Papá, ¿puedo chupar la cuchara de palo?" "No", o "Si", mi padre en eso siempre sorprendía. Nunca sabías por donde te venía el aire con él.

La segunda tipología de barbacoa que recuerdo con amor fue en Valdemorillo. Comprábamos la carne en El Escorial. Los de pueblo es lo que tienen. En mi casa, en Madriz-kapital, era Continente o El Corte Inglés los beneficiarios de las alabanzas a los carniceros. Al tener amigos con casa en las afueras (en la sierra, así genéricamente nombrada por todos los Madrileños) ellos se encargaban de la selección de producto y lugar de compra. Fliparon con mis propuestas y cayeron en el olvido las sardinas, solomillos y gazpacho con manzana.  En Madrid, en los 90´s y si tenías 19 años, las barbacoas eran basicamente de todo el cerdo, del que se decían que hasta los andares estaban buenos: panceta, chorizo, morcilla, chuletas, pinchos.... La única pelea: si la morcilla era de arroz (puagggggg) a lo Burgos o de cebolla (mmmmmm) a lo Jaén.  Ahora sé que la de Jaén no es para asar pero soy muy discutidora y me alcé en contra de la Burgalesa sin haberla comido en mi vida. Yo era nueva en la pandilla (era novia de) y caí en gracia a pesar de mis despropósitos. 

Me amigué del que encendía la barbacoa y mano a mano con una cerveza rebajada con casera para no enmelonarme, Rafa el de Mª Luz y yo, nos ahumamos bien a gusto y nos fuimos despachando la carne. Dos para la bandeja, una para ti y para mi que para eso estamos pringando. Sonaba un casete con una sola cinta. La cara A era Fleetwood Mac. La cara B era Vaya con Dios. Si hoy oigo una canción de alguno de los dos, no sabría decir de quien de los dos es, de tanto que la escuchamos aquel día.  Descubrí que estar "con los hombres" era infinitamente más divertido que "estar con las mujeres" abriendo bolsas de aperitivo o colocando la mesa. Se que suena muy machista pero en las barbacoas, aún hoy en día, la gente se distribuye las tareas de esta manera. A mi me gusta manejar el cotarro y no se maneja ningún cotarro abriendo una lata de aceitunas, ¿verdad?

Muchas barbacoas después me he convertido en la pringada que enciende las brasas.  Si es con maderita mejor que con pastilla que es un asco y jode toda la carne, bueno, dice Nacho, pero con pastilla vamos más rápido  hija, y total, se consume antes de que pongas la carne.  Ponemos el carbón. Cuidado que asfixias la llama, que si se apaga a ver como separamos otra vez el carbón ya en caliente. ¿ Queréis porrón? Jo, nos tenéis secos a esta y a mí.  Las barbacoas de Nacho no son de cerdo. Quita, quita, eso es muy castellano. Aquí en Cataluña se lleva más el cordero y el pollo. Hay tortas por las "mitjanes de xai". A mi me gustan, claro, pero son taaaaaan caras y se quedan en ná y a veces se churruscan de más y parece que te metes un palillo de fusta en la boca. Pero claro, yo, es que soy muy gitana rubia.

Este domingo inauguramos temporada de barbacoa. El maestro será Marcelo. Argentino afincado en mi pueblo. Invita a todo el que tenga coche para subir a Olessa y corre la voz tan rápido por Gavá que dentro de nada podría vender tickets si quisiera el tipo.  Yo estoy soñando desde ya con el domingo y con si me dejará meterle mano a las pinzas de la carne para darle la vuelta y ver si ya están hechas o no y Marce ¿quieres un traguito de las estrellas que ha traído el Carpio?

Post dedicado a Silvia y Ana que son muy pesadas, la verdad.   

lunes, 25 de febrero de 2013

La mejor pizza del mundo


Cuando yo era niña en las casas Españolas no se cenaba pizza. La comida china para llevar (tampoco se decía “take away”) y los cafés clasificados de cien maneras imposibles y desayunados en la oficina en vez de en la cafetería, eran signos inequívocos de que estabas en una peli americana y, generalmente, la oficina era un buffet de abogados o una comisaría de policía.  Yo soñaba con el sabor del interior de esas cajas de cartón, con comer con palillos directamente de ellas y con cual me pediría yo si el teniente negro e irlandés (viva la mezcla patria yanqui) me espetaba “Cruz, ¿A ti de que te lo pedimos?”.

Mis primeras pizzas me las hacía yo de adolescente con la base congelada tamaño mediano de la marca Findus, tomate frito Orlando, lata de atún, quesitos El Caserío y orégano, mucho orégano.  Si no pones orégano no es una pizza.  El quesito tenía que estar cortado en trocitos pequeños porque, de otro modo, se quemaba la parte del piquito de arriba y no lo podías aplastar después para hacer que se pareciera a la mozzarella. Éramos cinco hermanos y mis pizzas, recuerdo, eran celebradas con grandes ovaciones. Digo recuerdo porque no lo sé a ciencia cierta. Si alguno de los cuatro que me leen pero no me escriben salivan al leer las líneas de arriba que me lo diga y así certifico junto con los suyos un recuerdo mío más.

Durante muchos años ante la pregunta “¿Cuál es para ti la mejor pizza del mundo?” hubiera contestado sin dudarlo: “La del restaurante de Gandía”. Tenía 20 años, experiencia gastronómica la Cruz-Morci (buena pero limitada), manía para hacer “rankings” gracias a “Los 40 Principales” y deseos de expresar mi opinión cada dos por tres. La semana santa de 1991 me fui con unos amigos a Gandía. Primera vez que mis padres me dejaban (bueno mi padre seguro que no me dejó.  Le veo con su gesto torcido de “A mí nadie me ha preguntado mi opinión”) salir de casa con amigos a pasar siete días de juerga supina. Mi padre torcía el gesto por mi novio. No es que no fuera fantástico, genial, el Príncipe Felipe, que decía mi abuela por la época, y educado hasta decir basta (con el tiempo y un bizcocho en el ranking de hombres de mi vida está muy bien situado en los primerísimos puestos del top cinco). No. El problema era que, para mi padre, no había “Príncipes Felipes” suficientemente buenos para su hija la mayor.

Aquella noche que nos tomamos libre Ricardo y yo (este nombre no es ficticio y como los hombres de mi vida no leen no hay riesgo que al pobre Richie le salgan los colores de la cara. Creo que estar en el top cinco le hace merecedor de una muy especial mención) de los amigos, decidimos ir andando sin rumbo fijo hasta que un restaurante nos llamó la atención. La dueña era francesa. Pocas mesas ocupadas en aquella ventosa semana santa Española. Pequeño y discreto el lugar. Para mirarse a los ojos y cogerse las manos por encima del mantel. Para sonreírse y decirse cuan enamorados estamos y que gusto tener toda la vida por delante para demostrárnoslo.

La masa era fina, fina y crujiente. En los bordes se adivinaba la mano del cocinero por ser irregulares. Tomate cocinado con un punto de azúcar para quitar la acidez. Aceite de oliva en mi nariz, un huevo frito y orégano del fresco, de aquel en el que a la hoja le ves los nervios de la vida.  Supongo que tendría algo más que el huevo frito pero solo me acuerdo de eso. Y de que me lo pedí porque nunca había tomado un huevo en una pizza y era lo más raro de la carta. Siempre arriesgo con la gastronomía. Con eso puedo arriesgar. Siempre me sorprenden las experiencias en el paladar diferentes.  Para bien o para mal, siempre es novedoso e irrepetible por ser la primera vez.

Sentenciamos que era la mejor pizza de nuestra vida e hicimos volver a todos otro día para certificarlo. Algunos no vinieron. Con 20 años no te gastas dinero en semana santa en un restaurante. Con Ricardo descubrí el placer de descubrir y de hacer “nuestros” pequeños restaurantes de Madrid.

Mirando aquella escena con retrospectiva y muchos años encima, me doy cuenta que lo importante no fue la comida sino la compañía. Habiendo sido una de las cenas más memorables de la que no tengo ni un solo recuerdo auditivo y si muchos olfativos, visuales y gustativos, llego a la conclusión que todo depende del cristal con el que se recuerde y que comer compartiendo intimidad gastronómica eleva el acto cotidiano a categoría superior.

Como no voy a tener otro niño para acompañar a mi Luc en sus desayunos, desde aquí me comprometo a sentarme con él cada mañana mientras paladea su tostada con aceite y sal y escuchar sus pensamientos a las 07.45 recién despertado, mientras yo me tomo el segundo te de mi mañana bañándome en sus ojos y en su Cola Cao.

Salud para disfrutar y calor para amar.